¿Tiene algo que decir la ética a la economía?

Un obispo y un sacerdote tienen la misión de anunciar el Evangelio, no la de gestionar la economía y la política. Pero esto no supone que debamos retirarnos a los cuarteles de invierno de nuestras sacristías y dejar que sean exclusivamente los “expertos” quienes digan la última y la penúltima palabra. La ética y la religión también tienen algo que decir. Ante todo y sobre todo, porque la presente crisis es mucho más que un fenómeno económico o técnico. Para comprenderlo, basta advertir que la crisis económica está llevando a familias enteras a perder su piso, a quedarse sin empleo o con un sueldo que imposibilita hacer frente a la hipoteca; a que muchas personas pierdan su trabajo y a que otras muchas vean que se arruinan los ahorros y legítimas ganancias de toda su vida.

etica-negocios3Por otra parte, a nadie se le oculta ya que en esta crisis han jugado un papel muy importante -a veces del todo determinante- la avaricia, la especulación, la explotación de los más débiles y unas prácticas fraudulentas que han llevado a ganancias desorbitadas y escandalosas de algunos dirigentes de empresa, así como a correr riesgos más allá de lo razonable.

Todo esto pone de manifiesto que el debate ético no puede quedar al margen de la solución de la actual crisis económica. La economía tiene, ciertamente, unas leyes propias y una legítima autonomía. Pero tiene una función social y el desarrollo económico nunca es un fin en sí mismo y ha de ir acompañado siempre de la responsabilidad social. Porque cuando se piensa que se puede mantener un desarrollo descontrolado, lo que suele ocurrir es que se llega a un callejón sin más salida que las tensiones sociales y los enfrentamientos entre las personas y grupos sociales.

En otras palabras: la economía y la política no son sólo asuntos técnicos, sino que también están regulados por la ética. Olvidarlo, sería suicida incluso para su propia pervivencia.

Por Mons. Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos.

 

Benedicto XVI: El tiempo visto con los ojos de Dios

Queridos hermanos y hermanas: Siguiendo el ejemplo de lo que le gustaba hacer a Jesús, desearía comenzar con una constatación muy concreta: todos decimos “nos falta tiempo”, pues el ritmo de la vida cotidiana se ha hecho para todos frenético.

También en este sentido la Iglesia tiene una “buena noticia” que ofrecer: Dios nos da su tiempo. Nosotros tenemos siempre poco tiempo, especialmente para el Señor, no sabemos o, a veces, no queremos encontrar ese tiempo. Pues bien, ¡Dios tiene tiempo para nosotros! Sí, Dios nos da su tiempo, pues ha entrado en la historia con su palabra y sus obras de salvación para abrirla a la eternidad, para convertirla en historia de alianza. Desde esta perspectiva, el tiempo es ya en sí mismo un signo fundamental del amor de Dios: un don que el hombre, que como sucede con lo demás, es capaz de valorar o por el contrario de estropear; de acoger su significado, o de descuidar con superficialidad obtusa.

El tiempo tiene tres pilares que marcan el ritmo de la historia de la salvación: al inicio está la creación, en el centro la encarnación-redención, y al final la “parusía“, la venida final, que comprende también el juicio universal.

Ahora bien, estos tres momentos no deben ser comprendidos simplemente como una sucesión cronológica. De hecho, la creación se encuentra ciertamente en el origen de todo, pero es también continua y tiene lugar durante todo el desarrollo del devenir cósmico hasta el final de los tiempos.
Del mismo modo, si bien la encarnación-redención acaeció en un determinado momento histórico, el período del paso de Jesús sobre la tierra, sigue extendiendo su radio de acción a todo el tiempo precedente y al posterior.
A su vez, la última venida y el juicio final, que precisamente tuvieron en la cruz de Cristo una decisiva anticipación, ejercen su influjo sobre la conducta de los hombres de todas las épocas.

El tiempo litúrgico de Adviento celebra la venida de Dios en sus dos momentos: en primer lugar, nos invita a despertar la espera en el regreso glorioso de Cristo; luego, al acercarse la Navidad, nos llama a acoger al Verbo hecho hombre por nuestra salvación. Pero el Señor viene continuamente a nuestra vida.

Qué oportuno es, por tanto, el llamamiento de Jesús: “¡Velad!” (Marcos 13,33-37). Se dirige a los discípulos, pero también “a todos”, pues cada quien, en la hora que sólo Dios sabe, será llamado a rendir cuentas de su propia existencia. Esto implica un justo desapego de los bienes terrenos, un sincero arrepentimiento de los propios errores, una caridad efectiva con el prójimo y, sobre todo, una humilde confianza en las manos de Dios, nuestro Padre, tierno y misericordioso.

Esperanza alegre – Apostolado de la sonrisa

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Texto de Mons. José Ignacio Munilla, Obispo de Palencia.

Este domingo, 30 de noviembre, iniciamos el tiempo de Adviento, en el que la Iglesia renueva una vez más, la invitación a vivir la virtud teologal de la esperanza.

Tenemos que reconocer que, con frecuencia, en nuestra cultura se ha forjado una imagen un tanto “melancólica” de la esperanza. ¿No es cierto, acaso, que en nuestras conversaciones hay una gran inflación de lamentos y de reivindicaciones estériles? Todo el mundo parece quejarse de todo. El “victimismo” se ha convertido en una actitud de vida, consistente en creernos destinatarios de todos los males, al mismo tiempo que nos hacemos ciegos para reconocer el bien e incapaces de agradecerlo. Así lo describía Martín Descalzo: “Antaño la hipocresía era fingirse bueno. Hoy en día, la hipocresía es inventarse dolores, teniendo motivos para estallar de alegría”.

Pues bien, en este tiempo de Adviento que iniciamos, tiempo de espera gozosa en el Mesías, tenemos una ocasión de oro para crecer en la virtud de la alegría. Pero… ¿cómo es eso de considerar la alegría como una “virtud”? ¿No se trata acaso, de un estado emotivo, fruto de unas circunstancias cuyo control no está en nuestras manos?

Ciertamente, la alegría es fruto de una Buena Noticia, pero no puede ser alcanzada sin librar antes una importante batalla interior. La alegría no es un estado anímico que nos sobreviene y nos abandona caprichosamente, sino que es un hábito que se adquiere con voluntad y perseverancia. Es el fruto del ejercicio de la penitencia interior, que nos lleva a mortificar tantas tristezas inconsistentes que pretenden imponerse a las razones para el gozo interior. Aunque nos puedan parecer incompatibles estos dos conceptos, no dudemos de que la “alegría” es la mejor “penitencia”. Más aún, hemos de desconfiar de las penitencias que no nos lleven a superar nuestras tristezas y amarguras. La penitencia más perfecta es aquella por la que le ofrecemos a Dios y a nuestro prójimo una sonrisa transparente y perseverante, que solamente puede brotar de un corazón enamorado y agradecido.

Para resolver esta aparente paradoja, tal vez debamos redescubrir el auténtico sentido de la “penitencia”. Decía Santo Tomás, que “la penitencia realiza la destrucción del pecado pasado”. No olvidemos que la tristeza se introdujo en nosotros como fruto del pecado; y que éste no será plenamente vencido hasta que no rescatemos la alegría.

La alegría cristiana que nace de la virtud teologal de la esperanza, nos permite relativizar las preocupaciones y hasta nuestras propias debilidades. La sonrisa humilde y el buen humor, resultan ser un arma espiritual de gran eficacia para vencer las tentaciones del Maligno. Al mismo tiempo, el “apostolado de la sonrisa” es uno de los testimonios más necesarios y convincentes en el momento presente.

Iniciamos en este domingo un nuevo año litúrgico. He aquí la primera súplica que la liturgia de la Iglesia dirige a Dios: “Aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene, acompañados por las buenas obras” (Oración colecta, Domingo I de Adviento). Lo sorprendente quizás sea descubrir que la primera “buena obra” que Dios nos pide, pueda ser… una sonrisa.

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El Adviento, preparación para la Navidad

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Significado del Adviento

La palabra latina “adventus” significa “venida”. Para los cristianos, se refiere a la venida de Jesucristo. La liturgia de la Iglesia da el nombre de Adviento a las cuatro semanas que preceden a la Navidad, como una oportunidad para prepararnos en la esperanza y en el arrepentimiento para la llegada del Señor.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa penitencia.

Triple finalidad
El tiempo de Adviento es un período privilegiado para los cristianos ya que nos invita a recordar el pasado, nos impulsa a vivir el presente y a preparar el futuro.

1. Recordar el “pasado”: Celebrar y contemplar el nacimiento de Jesús en Belén. Esta fue su venida en la carne, lleno de humildad y pobreza. Vino como uno de nosotros, hombre entre los hombres.

2. Vivir el presente: Se trata de vivir en diariamente  la “presencia de Jesucristo” en nosotros y, por nosotros, en el mundo. Vivir siempre vigilantes, caminando por los caminos del Señor, en la justicia y en el amor.

3. Preparar el futuro: Se trata de prepararnos para la Parusía o segunda venida de Jesucristo: vendrá como Señor y como Juez de todas las naciones. Esperamos su venida gloriosa que nos traerá la vida eterna.

En el Evangelio, varias veces nos habla Jesucristo de la Parusía y nos dice que nadie sabe el día ni la hora en la que sucederá. Por esta razón, la Iglesia nos invita en el Adviento a prepararnos para este momento a través de la revisión y la proyección:

Revisión: Aprovechando este tiempo para hacer un “examen de conciencia” de nuestra vida, para corregir los errores pasados y fortalecernos en el amor de Dios. Es importante saber hacer un alto en la vida para reflexionar acerca de nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios y con el prójimo.

Proyección: Una vez hecho la reflexión, podremos analizar qué es lo que más trabajo nos cuesta y hacer propósitos para evitar caer de nuevamente en las faltas de amor más frecuentes.

Cuida tu fe
El adviento es tiempo de preparación, esperanza y arrepentimiento de nuestros pecados para la llegada del Señor. En esta época, vamos a estar “bombardeados” por la publicidad para comprar todo tipo de cosas, vamos a estar invitados a muchas fiestas. Todo esto puede llegar a hacer que nos olvidemos del verdadero sentido del Adviento. Esforcémonos por vivir este tiempo litúrgico con profundidad, con el sentido cristiano. De esta forma viviremos la Navidad del Señor ocupados del Señor de la Navidad.

No hay oposición entre fe y ciencia

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Mis predecesores el Papa Pío XII y el Papa Juan Pablo II reafirmaron que no hay oposición entre la visión de la creación por parte de la fe y la prueba de las ciencias empíricas. En sus inicios, la filosofía propuso imágenes para explicar el origen del cosmos, basándose en uno o varios elementos del mundo material. Esta génesis no se consideraba una creación, sino más bien una mutación o una transformación. Implicaba una interpretación en cierto modo horizontal del origen del mundo.

Afirmar que el fundamento del cosmos y de su desarrollo es la sabiduría providente del Creador no quiere decir que la creación sólo tiene que ver con el inicio de la historia del mundo y la vida. Más bien, implica que el Creador funda este desarrollo y lo sostiene, lo fija y lo mantiene continuamente.  Santo Tomás afirmaba que la creación no es ni un movimiento ni una mutación. Más bien, es la relación fundacional y continua que une a la criatura con el Creador, porque él es la causa de todos los seres y de todo lo que llega a ser.

“Evolucionar” significa literalmente “desenrollar un rollo de pergamino”, o sea, leer un libro. La imagen de la naturaleza como un libro tiene sus raíces en el cristianismo y ha sido apreciada por muchos científicos. Galileo veía la naturaleza como un libro cuyo autor es Dios, del mismo modo que lo es de la Escritura. Esta imagen también nos ayuda a comprender que el mundo, lejos de tener su origen en el caos, se parece a un libro ordenado: es un cosmos.

Al principio tal vez no somos capaces de ver la armonía tanto del todo como de las relaciones entre las partes individuales, o su relación con el todo. Sin embargo, hay siempre una amplia gama de acontecimientos inteligibles, y el proceso es racional en la medida que revela un orden de correspondencias evidentes y finalidades innegables. La investigación experimental y filosófica descubre gradualmente estos órdenes.

La distinción entre un simple ser vivo y un ser espiritual, que es capax Dei, indica la existencia del alma intelectiva de un sujeto libre y trascendente. Por eso, el magisterio de la Iglesia ha afirmado constantemente que “cada alma espiritual es directamente creada por Dios -no es “producida” por los padres-, y es inmortal” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 366). Esto pone de manifiesto la peculiaridad de la antropología e invita al pensamiento moderno a explorarla.

Los trasplantes de órganos vitales exigen la muerte del donante

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El Papa Benedicto XVI, ha insistido en que los trasplantes de órganos vitales pueden tener lugar éticamente a condición de que se haya constatado la muerte del donante y con el consentimiento informado de sus familiares.

El Papa tocó uno de los temas bioéticos más candentes, al recibir en el Vaticano a los participantes en el congreso internacional sobre el tema: “Un don para la vida. Consideraciones sobre la donación de órganos”, celebrado del 6 al 8 de noviembre, por iniciativa de la Academia Pontificia para la Vida, en colaboración con la Federación Internacional de las Asociaciones Médicas Católicas y el Centro nacional Italiano de Trasplantes.

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Trasplante de órganos, un “acto de amor”

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El trasplante de órganos, ya sea en vida o tras la muerte del donante, es siempre un acto de amor, aseguró Benedicto XVI, quien ha denunciado la tentación de someter esta práctica a la lógica del mercado. Según el Papa, el acto de amor, que se expresa con el don de los propios órganos vitales, es un testimonio genuino de caridad que sabe ver más allá de la muerte para que venza la vida.

Siendo arzobispo de Munich, el cardenal Joseph Ratzinger se hizo miembro de una organización de donación de órganos. Años después, antes de llegar a ser Papa, dijo que siempre llevaba la tarjeta consigo y que estaba dispuesto a donar si alguien pudiera necesitar sus órganos.

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Criterios éticos para los trasplantes de órganos

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La donación de órganos es una forma peculiar de testimonio de la caridad. En un período como el nuestro, con frecuencia marcado por diferentes formas de egoísmo, es cada vez más urgente comprender cómo es determinante para una correcta concepción de la vida entrar en la lógica de la gratuidad, y tal como nos enseñó Jesús, sólo quien da la propia vida podrá salvarla (cf. Lucas 9,24).

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Mes de Maria 2008

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El Año Litúrgico

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Significado del año litúrgico
Al establecer el Año litúrgico, la Iglesia quiere celebrar las grandes hazañas de Dios en el tiempo: es decir, en la historia que el mismo Señor ha ido haciendo con nosotros, la historia de salvación.

Celebrar estos acontecimientos no es sólo recordar hechos que han pasado, sino que es volver a vivirlos, volver a hacer presente en nuestro aquí y ahora aquellos sucesos de la vida de Cristo que salvan a los hombres de ayer y de hoy. En este sentido, celebrar la Pascua no es lo mismo que conmemorar el Combate Naval de Iquique, pues la batalla no se renueva, pero el sacrificio de Cristo y la eficacia de su Resurrección, sí.

El Año litúrgico es también un camino de vida espiritual que nos ayuda a profundizar y crecer en nuestra vida cristiana, ayudándonos a vivir como discípulos y misioneros de Jesucristo, viviendo en la esperanza de que algún día saldremos del tiempo para hundirnos en el océano del presente eterno de Dios.

Las dos solemnidades fundamentales del Año Litúrgico
El Año Litúrgico nació de la Pascua y, hasta el día de hoy, se ordena en torno a ella. Poco a poco se fue enriqueciendo con el Triduo Pascual (Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección). Más tarde se le agregaron cincuenta días hasta Pentecostés. La Semana Santa completa nació en el siglo IV d.C. y la cuaresma como tal data del siglo V.

En forma independiente se originó, en torno a la otra gran fiesta del cristianismo, el Ciclo de Navidad, probablemente a partir del siglo IV. En torno al cual se organizó un tiempo de preparación para la celebración del nacimiento de Cristo: el Adviento y un tiempo posterior de celebración del acontecimiento de Nazaret: el Tiempo de Navidad.

En resumen, el nacimiento de nuestro Señor en Belén y la Resurrección de Jesucristo con la consecuente venida del Espíritu Santo son las dos grandes solemnidades del Año Litúrgico.

Jesús es el centro del Año Litúrgico
De lo anteriormente dicho podemos concluir que el Año Litúrgico no es una idea, sino una persona: JESUCRISTO, que actúa en el tiempo. Hoy se hace presente sacramentalmente, es decir, a través de los signos de la liturgia. De esta manera el actuar del Pueblo de Dios en la asamblea litúrgica se vuelve memorial, presencia y voz profética de Jesús que sigue actuando en nuestra historia.