La Cuaresma tendría que ser un tiempo para “ayunar” alegremente, pero no sólo un ayuno físico, sino también espiritual:
- Ayunar del juzgar a los demás y festejar que Dios habita en ellos.
- Ayunar de fijarnos siempre en las diferencias y celebrar lo que nos une.
- Ayunar de las tinieblas de la tristeza y celebrar la luz de la gracia.
- Ayunar de pensamientos negativos y fortalecernos con ideologías serviciales.
- Ayunar de palabras dañinas y animarnos con palabras sanadoras.
- Ayunar de desilusiones y regalar gratitud.
- Ayunar de la rabia y practicar la paciencia santificadora.
- Ayunar de preocupaciones y egoísmos; festejar la esperanza y la Providencia.
- Ayunar de prisas y agobios; y complacerse en el silencio y la oración diaria.
“En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios.” [Mensaje S.S. Benedicto XVI - Cuaresma '09]
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