
No hay en la liturgia cristiana ninguna celebración en que no se proclame la Palabra de Dios ya que antes de hacer presentes los misterios de Cristo, la Iglesia los contempla y los evoca. La Iglesia encuentra toda cuanto celebra en la Sagrada Escritura.
Por medio de su Palabra Dios sigue convocando a su pueblo y lo re-crea. La Palabra de Dios sigue siendo viva y eficaz. Aún hoy ella es creadora e invita a dar una respuesta de conversión a Dios por medio de la oración y de una vida conforme al evangelio.
“En las lecturas explicadas por la homilía, Dios habla a su pueblo, revela el misterio de la redención y de la salvación, y ofrece alimento espiritual; y Cristo mismo por su Palabra se hace presente en medio de los fieles. Por los cánticos (Salmo responsorial) el pueblo se apropia de ella y muestra su adhesión mediante la profesión de fe (Credo). Alimentado con esta Palabra, reza en la oración universal por las necesidades de toda la Iglesia y por la salvación del mundo entero.” (SC n. 33)
La Liturgia de la Palabra posee por sí misma un incalculable valor, exige la conversión y prepara para la liturgia eucarística suscitando y evocando los motivos de acción de gracias y las convenientes disposiciones para asistir al sacrificio de Cristo por amor a nosotros.
Vale la pena recordar que en un primer momento de la Iglesia se celebraba la fracción del pan en el ambiente de una cena fraterna; pero ya san Pablo, en la 1ª Carta a los Corintios, trata enérgicamente algunos abusos que se fueron introduciendo; ocurrencia de los cuales permitió que muy pronto la cena fraterna fuera siendo sustituida por la celebración de la Palabra de Dios, heredada de la liturgia sabática sinagogal judía. Así, ya en el año 160 d.C., san Justino habla de la celebración de la Palabra de Dios, seguida de la acción de gracias y de la participación en la cena eucarística. “Por medio de las lecturas se prepara para los fieles la mesa de la Palabra de Dios y se abren para ellos los tesoros de la Biblia” (SC n. 34)
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