Esta oración concluye los ritos iniciales e introduce en la celebración del día. Por lo breve puede pasar desapercibida, pero posee un rico significado y contenido. Para poder percibir y gustar toda su riqueza, vale la pena conocer mejor los elementos que la componen:
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Invocación: dirigida a Dios Padre y en la que se evocan los diversos atributos de Dios, a saber, todopoderoso, eterno, misericordioso, Padre, lleno de bondad…
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Petición: que ordinariamente se hace invocando los méritos de Jesucristo. La petición se dirige a un Dios que acompaña al hombre en su historia, que desea que todos los hombres se salven.
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Finalidad: La Iglesia ruega para que tengamos la gracia de realizar la vocación a la que hemos sido llamados, a ejemplo de Cristo, de María y de los santos, petición que se presenta al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo. Ese carácter trinitario se hace explícito en el protocolo final de la oración: Por nuestro Señor Jesucristo que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
La “Colecta” sumerge a la comunidad en el misterio que se va a celebrar y hace la transición del rito de entrada a la liturgia de la Palabra, preparando los corazones para toda la acción litúrgica que viene a continuación.
Todo encuentro importante de una comunidad civil o religiosa comienza con un rito de apertura. Pensemos en una olimpiada, en un campeonato mundial de fútbol, una ópera, una cena, un concilio, una reunión de obispos. Lo que se propone este rito inicial es disponer los ánimos para el encuentro, unir la comunidad e introducirla en el motivo del encuentro.
Lo mismo sucede en el encuentro semanal de la comunidad cristiana: la Eucaristía. Aunque sus diversos elementos provienen de distintas fuentes, han quedado muy bien dispuestos para formar los ritos iniciales de la Misa. Por eso es importante que no nos perdamos el rito de entrada, pues está destinado a preparar y disponer nuestros corazones para la mesa de la Palabra y de la mesa de la Eucaristía.
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