Sigue luego el saludo del Presidente al altar y al pueblo reunido; y de todos los presentes a Dios uno y Trino. La asamblea no se reúne por su propio nombre, sino en el nombre de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, entrando así en el misterio de la Santísima Trinidad por medio del misterio de la Cruz de Cristo.
Esta presencia del Señor está significada también en el saludo del sacerdote a la Asamblea: la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes. La asamblea reconoce que está reunida en Cristo y por Cristo, por lo cual se alegra y da gracias.
Nunca reflexionamos lo suficiente sobre la profundidad de este saludo. La asamblea es sumergida en el misterio de Cristo, de la Santísima Trinidad, en la profundidad e intimidad del propio Dios. En este momento ella se hace Iglesia, es decir, sacramento de la presencia amorosa de Dios en la historia a favor de los hombres, comunidad de los hijos de Dios, hermanos de Cristo. Es el cuerpo de Cristo que se forma. Constituir una asamblea cristiana no es cualquier cosa, sino un acto de culto. El propio Dios es quien nos reúne dando a luz a la Iglesia.
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