
El acontecimiento pascual, antes de dar origen al triduo pascual, dio origen a la Pascua, originó la celebración semanal de la Pascua: el Domingo. El núcleo pascual del domingo y las dimensiones de su celebración se encuentran bien expresadas en Sacrosantum Concilium 106:
“La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón “Día del Señor” o Domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la Gloria del Señor Jesús, y den gracias a Dios que los hizo “renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos” (1Pe 1, 3). Por esto, el Domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se antepongan otras solemnidades, a no se que sean, de veras, de suma importancia, puesto que el Domingo es el fundamento y núcleo de todo el año litúrgico”.
En esta descripción del Domingo, está contenida toda su riqueza en cuanto:
Día del Señor:
en que se celebra la obra del Padre Creador que nos invita no sólo a trabajar sino también a descansar como Él.
Día de Cristo:
o sea, el día del Señor Resucitado y también día del Espíritu. Cada domingo no es sólo Pascua Semanal sino también un nuevo Pentecostés (cf. Dies domini, n. 28).
Día de la Iglesia:
es decir, de la asamblea eucarística.
Día del hombre:
preparado por Dios para el hombre, para que el hombre pueda re-crearse y alabar a su buen Padre celestial.
De este modo, la participación en la liturgia semanal, ha de complementarse con el descanso, con encuentros a nivel de familia, de amigos, con visitas a hermanos enfermos o lejanos, con posibles momentos de catequesis y de oración (cf. Dies domini, n. 52).
Archivado bajo: Evangelio Domingo, Pildorita Litúrgica, Reflexiones, San Panchito




