DON DE CIENCIA

CIENCIA
Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador.
Catequesis de S.S. Juan Pablo II

Sabemos que el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está expuesto a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el mundo se postra demasiado a menudo.

Para resistir esa tentación sutil y para remediar las consecuencias nefastas a las que puede llevar, he aquí que el Espíritu Santo socorre al hombre con el don de la ciencia. Es esta la que le ayuda a valorar rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador. Gracias a ella -como escribe Santo Tomás-, el hombre no estima las criaturas más de lo que valen y no pone en ellas, sino en Dios, el fin de su propia vida (cfr S. Th., 11-II, q. 9, a. 4).

Así logra descubrir el sentido teológico de lo creado, viendo las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios, y como consecuencia, se siente impulsado a traducir este descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias. Esto es lo que tantas veces y de múltiples modos nos sugiere el Libro de los Salmos. “El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 18/19, 2; cfr. Sal 8, 2); “Alabad al Señor en el cielo, alabadlo en su fuerte firmamento… Alabadlo sol y Luna, alabadlo estrellas radiantes” (Sal 148, 1. 3).

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