La Ascensión del Señor

“Haced discípulos a todos los pueblos”
(Mateo 18, 16-20)


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1. ORACIÓN INICIAL

Jesús, Tú has vuelto al Padre, no sólo como Dios, sino también como hombre, con las manos, los pies heridos de amor. Sabemos lo que es entre nosotros la separación de las personas que amamos: la mirada los sigue todo lo que puede cuando se alejan… Por eso, te pedimos nos concedas también a nosotros, como a los apóstoles, esa luz que ilumina los ojos del corazón y que nos hace intuir que estás presente para siempre. Así podremos gustar ya desde ahora la viva esperanza a la que estamos llamados y abrazar con alegría la cruz, sabiendo que el humilde amor inmolado es la única fuerza adecuada para levantar el mundo.

Amén.

 

2. LECTURA

a) Una clave de lectura:

La atmósfera de la liturgia de la Ascensión está impregnada de una atormentadora nostalgia, porque nos pone en una fuerte tensión hacia el Cielo, verdadera patria del cristiano, y nos hace experimentar con mayor intensidad el deseo de la eternidad que también deberíamos sentir todos los días. En efecto, deberíamos consumirnos verdaderamente con la esperanza de contemplar sin velos el rostro de Dios. Sin embargo, con excesiva frecuencia advertimos que el peso de las realidades materiales nos mantiene pegados al suelo, nos despunta las alas, suscita en nosotros cansancio y duda.

 

b) El texto:

“En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había citado. Al verlo, lo adoraron; ellos, que habían dudado. Jesús se acercó y se dirigió a ellos con estas palabras: Dios me ha dado autoridad plena sobre el cielo y la tierra. Poneos, pues, en camino, haced discípulos a todos los pueblos y bautizadlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo.”

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